Lenguaje y lectura en cuarentena en 400 palabras: Nadie ama lo que no conoce


Imagen para Columna Lenguaje y Lectura en Cuarentena: Nadie ama lo que no conoce. A la izquierda un collage con corazones saliendo de un libro.

“¿Quieres mirar este libro conmigo?” En el curso de mi carrera investigando el desarrollo del lenguaje, he hecho esta pregunta a cientos de niños y niñas. Y no recuerdo haber recibido nunca una respuesta negativa.

Septiembre 2, 2020

“¿Quieres mirar este libro conmigo?” En el curso de mi carrera investigando el desarrollo del lenguaje, he hecho esta pregunta a cientos de niños y niñas. Y no recuerdo haber recibido nunca una respuesta negativa. ¿Y por qué habrían de decirme que no? Los libros infantiles son objetos muy atractivos: las ilustraciones, la diagramación, las historias, y la información que contienen -hasta el material físico- todo ha sido curado con atención y oficio.

Un libro infantil contiene muchos de los desencadenantes que activan la atención en los seres humanos: novedad, lenguaje, una historia en la cual descifrar intenciones y emociones, o información sobre cómo funciona el mundo. A todos los niños pequeños les podrían interesar los libros, porque a todos les interesa el lenguaje, las historias, y el conocimiento, y a todos les motiva aprender algo nuevo. Pero no a todos les gustan los libros, porque no todos los conocen. La psicología aún no devela las misteriosas razones por las cuales las personas desarrollamos nuestros intereses, pero al menos sí sabemos una cosa: nadie se interesa por algo que no conoce, ni por algo que no sabe que existe.

Hay que rodear a nuestros niños y niñas de libros, para que puedan encontrar por casualidad la poesía, el cuento, el dato o la noticia que desencadenará un interés de por vida. Por casualidad, pero no por suerte; no se trata de suerte. Se trata de crear las oportunidades, de planificar cuidadosamente el entorno para que ese encuentro se pueda producir. Nadie ama lo que no conoce, y muchos niños y niñas en Chile no conocen los libros hasta que los encuentran por primera vez en la escuela. Y allí, a veces, comienza una asociación entre libro y evaluación, entre lectura y notas, entre historias y pruebas de comprensión.  Esas asociaciones negativas que presentan al libro como una obligación son tal vez la razón por la cual algunos adultos son tan reacios a regalar libros. ¿Pusiste alguna vez una enciclopedia de animales en la donación de Navidad, junto con el atún y los tarros de crema? ¿O preferiste un autito o una muñeca, porque te dio lástima que ese niño o niña se decepcionara al recibir algo tan severo, tan fastidioso? Grave error.  Los prejuicios en contra del libro como un objeto de tortura y no de disfrute aún no han contaminado a los niños pequeños; ellos sí pueden emocionarse al encontrar un volumen sobre unicornios o volcanes bajo el arbolito. Pero esos prejuicios que manchan a los libros son insidiosos, y hay una sola forma de proteger a la infancia de ellos. Hay que crear la oportunidad de ese encuentro fortuito que los traerá una y otra vez de vuelta a la página, y que finalmente los motivará a buscar sus propias lecturas, cinco, diez, veinte años después.

Durante la pandemia, hemos visto campañas de donación de alimentos, de tablets, y hasta de juegos de mesa. Pongamos un libro infantil en la caja de alimentos, o en el envío de Cornershop que hacemos cada semana a una familia con niños pequeños. Dejemos que nuestros niños conozcan los libros. Porque nadie ama lo que no conoce.

Katherine Strasser: Profesora Titular Escuela de Psicología UC


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